Los Inquilinos del Poder.
Por: Álvaro Jesús Urbano Rojas
En el Cauca, la elección de 2026 dejó de ser una competencia electoral para convertirse en un plebiscito sobre quién manda realmente en el territorio: si el Estado democrático o la alianza práctica entre presupuesto público, élites políticas y capital ilegal.
Los partidos políticos se desnaturalizaron, hoy son agencias electorales que negocian avales, la arquitectura del poder caucano se consolidó en tres pisos. En el primero están las alcaldías y la Gobernación, donde surge la maquinaria oficialista. No se discuten propuestas, se discuten contratos, convenios y operadores. Las campañas oficialistas se incuban con recursos administrativos, logística pública disfrazada de gestión cultural y la vieja cadena de favores que los mercaderes de la política conocen de memoria, con campañas viciadas de corrupción en un sainete perverso, donde le cortan las piernas al pueblo, le vende las muletas y luego hay que agradecerles porque gracias a ellos podemos caminar para afrontar precipicios insondables.
En el segundo piso operan las élites tradicionales, incluyendo exalcaldes y exgobernadores que convirtieron el paso por el poder en una plataforma de control político. No se retiraron: se adueñaron de las cúpulas, coagularon la representación, bloquearon relevo y continuaron mandando desde la sombra. Lo que en teoría debía ser pluralismo partidista terminó siendo monopolio interno: estructuras capturadas para poner, rotar y reciclar candidatos según la conveniencia del clan. En el Cauca el poder no se pierde, se reinvierte.
En el tercer piso fluye el capital ilegal, que en este departamento no opera en rumor sino en geografía. Narco, minería irregular, extorsión y contrabando financian lo que les conviene, presionan lo que les afecta y administran territorios donde el fusil pesa más que el tarjetón. No eligen ideología: eligen retorno. Es el complemento financiero de la maquinaria pública.
La ecuación es estratégica por su eficiencia: el presupuesto pone la logística, las élites ponen la estructura y el crimen pone el músculo financiero. Y el elector, a cambio, pone la legitimidad democrática.
Frente a eso, surgen candidaturas espontáneas que resultan incómodas porque no está diseñadas ni interesadas en participar del botín, sino para romperlo. Su apuesta es todo un reto para lograr transparencia en contratación, representación real del Cauca, y control del gasto público sin intermediarios, en un departamento donde el poder dejó de ser institucional para convertirse en contubernio de dañado y punible ayuntamiento.
Las elecciones de 2026 exponen la contradicción central del Cauca: quien logra una curul en el congreso de la república, tiene capacidad de negociación en el territorio. Por eso los oficialistas invierten tanto y debaten tan poco: porque las curules no son tribunas, son activos de gestión presupuestal. Las élites lo entendieron y por eso capturaron cúpulas y partidos; el crimen lo entendió y por eso financia; las alcaldías lo entendieron y por eso operan. Lo que está en disputa no es quién legisla, sino quién administra el negocio.
Si gana la maquinaria oficialista, el Cauca legalizará su modelo de captura institucional. Si gana los candidatos que están por fuera de ella, se abrirá un nuevo modelo de representación. La diferencia es simple: unos aspiran a apropiarse y traficar con los recursos públicos; mientras muy pocos aspiran a representar al Cauca frente al poder central. Y en esta elección, eso es lo verdaderamente subversivo.
