Nelson Palechor, lider que derrotará la apatía y motivará el voto silencioso.
Por: Álvaro Jesús Urbano Rojas
En el Cauca existe un actor político que no aparece en tarimas, no viste camisetas de colores, no ondea banderas ni aplaude discursos reciclados. No sale en redes sociales, no pide contratos y no asiste a reuniones políticas con refrigerio incluido. Es invisible, pero decisivo. Es el voto pasivo o silencioso.
Ese electorado representa el 52% del censo electoral que en el Cauca es de Un millón ochenta mil electores para el 2026, donde más de 120 mil votos corresponden a votos en blanco, nulo o no marcados, es decir los votos válidos corresponden a 410 mil sufragantes. Son más de 660 mil ciudadanos que, elección tras elección, optan por el silencio o la distancia. No porque no existan, sino porque dejaron de creer. Y esa es la cifra más incómoda de todas: en el Cauca, la mayoría no vota.
Mientras los políticos celebran triunfos con 80 mil, 100 mil o 150 mil votos, lo hacen sobre una base ficticia de legitimidad. Gobernar con el respaldo real de apenas el 15% o el 20% del total de ciudadanos habilitados no es una victoria democrática, es una ilusión estadística. Es el equivalente a ganar un partido donde la mayoría del estadio decidió no entrar.
El abstencionista caucano no es ignorante, como algunos quieren insinuar con arrogancia pedagógica. Es, en muchos casos, el más lúcido. Es quien ya entendió el guion completo. Sabe que las promesas duran lo mismo que la campaña. Sabe que el lenguaje de la transformación se transforma, curiosamente, en burocracia. Y sabe que la indignación política es un recurso electoral, no un propósito moral.
Ese ciudadano silencioso no asiste a reuniones políticas porque conoce el ritual: discursos largos, aplausos cortos y resultados inexistentes. No toma partido porque ha visto cómo los partidos toman el poder, pero rara vez toman responsabilidad. No se emociona con candidatos que descubren la pobreza cada cuatro años como si fuera un fenómeno reciente.
En el Cauca, el voto silencioso es una forma de protesta. No grita, pero acusa. No marcha, pero castiga. No debate, pero observa. Y observa todo.
Observa cómo los mismos apellidos rotan en los cargos como si el departamento fuera una empresa familiar. Observa cómo los discursos sobre el cambio conviven con prácticas idénticas a las de siempre. Observa cómo la política se profesionalizó, pero la gestión pública sigue siendo amateur.
El voto silencioso también observa algo más profundo: la desconexión total entre el ciudadano real y el político profesional. Mientras el primero lucha por sobrevivir en una economía precaria, el segundo lucha por sobrevivir en el poder. Son luchas distintas, con urgencias incompatibles.
Y, sin embargo, ese silencio tiene poder. Porque el día que el voto silencioso decida hablar, lo hará con una contundencia que ninguna encuesta podrá anticipar. No estará condicionado por la maquinaria, ni por el miedo, ni por el cálculo burocrático. Será un voto libre, precisamente porque no debe favores.
El problema para la política tradicional es que no sabe leer el silencio. Está entrenada para interpretar aplausos, no ausencias. Cree que la multitud visible es la totalidad, cuando en realidad es apenas la minoría organizada. El Cauca no es un departamento politizado. Es un departamento desencantado. Y el desencanto no produce militantes, produce abstencionistas.
